Entre amigos

Jeremy Gardner (2012), The Battery.

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A veces es un alivio poder expresarse a través de la visión de otro. Alguien hace el esfuerzo, nosotros apenas descubrimos coincidencias y pasivamente asentimos.

Me escondo, entonces, detrás del mundo según Jeremy Gardner —un mundo que transcurre sin explicaciones ni propósitos— el mundo de un par de amigos beisbolistas que vagan por los bosques de Connecticut intentando sobrevivir a un apocalipsis zombie. Escapando el uno del otro pero necesitándose. Porque la convivencia forzada: el mantenerse atrapado con alguien, día tras día sin un respiro, incluso con la estima de por medio, puede desatar una hostilidad encubierta a medio camino entre el golpe y el abrazo.

De este modo, el argumento en The Battery (2012) podría prestarse a la ironía, un vistazo sonriente a la compleja relación de sus protagonistas. Mickey (Adam Cronheim) se esfuerza por mantener las rutinas que lo aproximen al pasado, en tanto que Ben (Jeremy Gardner), tan sutil como un martillo, decide afrontar la situación con un bate de béisbol entre sus manos.

Construida con planos abiertos que sugieren la comodidad estilística y que se agrupan con destreza en manojos de canciones y paisajes, confirmamos el desprendimiento a los desgastados estereotipos del género. Sin sobresaltos ni sobreproducidas caracterizaciones, la propuesta de Gardner nos acerca al realismo de un drama existencialista ligero. Una película de corte independiente con tantos momentos notables como irrelevantes, repleta de manías y contradicciones. Una experiencia única, irreverente e inexplicablemente atractiva.

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Hasta tres besos frustrados

Rodrigo Sorogoyen (2013), Stockholm.

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Existen películas en las que las historias casi desaparecen y sólo dejan lo que ellas convocan: nuestros encierros y nuestros delirios. Así es Stockholm (2013), un deambular impreciso que en ocasiones ahoga. Una película excesivamente compacta, sin aire, sin zonas muertas, donde nunca sentimos que la teatralidad rebasa a la espontaneidad de sus diálogos y que éstos son un fragmento, una especulación parcial y limitada de la complejidad de sus protagonistas. Es por eso que el espectador que postula Sorogoyen no es un simple testigo, sino un cómplice de su artilugio que estará continuamente al borde y con vértigo.

Dos jóvenes se cruzan en una fiesta, él (Javier Pereira) está decidido a terminar la noche en su departamento en compañía de ella (Aura Garrido), ambos −por casualidad, escapando de sus soledades− emprenden un laberinto de seducción que los llevará a desencuentros, huidas y rechazos.

La persecución entre las calles de Madrid adquiere un dinamismo sutil, coreográfico. Es la crudeza de la noche, su frío expectante, una fotografía paisajista y onírica que nos engaña. Ocurre la ruptura de Rossini, “La gazza ladra” (la misma que utilizó Kubrick en A Clockwork Orange), a cámara lenta y con una iluminación distinta. Sí, tenemos dos películas en una: la persecución y el encierro. La hospitalidad huele a secuestro. El silencio, claro y limpio, es tan frágil como un espejo roto, tan incierto como un vuelo en picada.

Acumular el tiempo

Richard Linklater (2014), Boyhood.

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Richard Linklater, el laureado director y guionista estadounidense, presenta en Boyhood (2014) una particular crónica de la huella del tiempo en la adolescencia de Mason (Ellar Coltrane). En ella, la emoción cautivadora del transcurrir constante, siempre sigiloso, de los doce años de rodaje, adquiere una singular potencia al revelarse a través del crecimiento físico y el desarrollo emocional de sus personajes.

El sencillo, pero maestro golpe conceptual de la película, consiste en tomar la naturaleza fluctuante del acontecer temporal y relacionarlo dentro de una estructura narrativa específica. En efecto, la propuesta no sólo remite a una visión autoral sobre el tiempo; es, además, un producto del mismo. Una muestra de la imposibilidad del artista cinematográfico para contener el devenir del ser en un proceso dinámico.

En una época donde la estética del juego temporal se ha democratizado, en términos de apariencia y representación de épocas pasadas, o incluso con productos que sugieren la especulación del futuro. La obra de Linklater otorga una perspectiva que pone al descubierto la imbricada naturaleza del proceso de creación, donde el aparente control absoluto de las ideas se enfrenta con la aceptación del suceder incontenible de la realidad. Estamos ante una narrativa que se desprende de su estructura episódica, permitiendo que los grandes acontecimientos sean imperceptibles: suceden, delicados, como en un recuerdo inmutable. Un viaje por la memoria plagado de escenas cotidianas. Es, en definitiva, una apuesta por el efecto acumulativo del tiempo. Un tiempo real y apabullante.

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